Cuando perdí mi norte

Si todo está bien ¿por qué siento que me falta algo?

Si todo está bien ¿para qué quiero algo diferente?

Esas son preguntas que me hacía a menudo cuando sentía que pasaba por la vida sin sentirme realmente conectada con ella.

Sí, a mi alrededor se desplegaba una linda familia, una buena casa, un trabajo lucrativo, muchos logros y el rango de guerrera respetable pero aun así me sentía con vacío, un vacío que no se llena añadiendo o logrando más cosas, un vacío que sólo me veía a mí, sin mis accesorios, y me miraba a los ojos pidiendo ser llenado de otra manera. Advirtiéndome que debía ser llenado de otra manera.

Y yo sin saber de cuál…

Un vacío que me tuvo aletargada por un tiempo, tal vez jugando al “si no te miro, no te veo” y al cual apaciguaba con pañitos de agua tibia diciéndome cosas como “no te pongas a arreglar lo que no está dañado”, “más vale pájaro en mano que ciento volando”, “estáte quieta que si descuadras esto luego te arrepentirás”  hasta que empezó a sofocarme.

Sabía que había más. Sabía que la vida que llevaba ya no me quedaba.

Así como cuando uno crece y la ropa va apretando hasta que sabes que tienes que dejarla atrás, pero de todas maneras la sigues guardando en tu armario. Sabes a que me refiero.

A medida que más aprendía sobre mí misma, sobre mis anhelos, sobre el potencial que tenemos todos, sobre la necesidad de vivir en integridad con uno mismo y en propósito, en vez de sentirme más alivia me sentía más confundida.

Por un lado la culpabilidad de tener esos pensamientos, con todos lo que están peor y yo pensando estas cosas. ¡Malagradecida!

Por otro lado la monotonía. Otro día después de otro. Otra semana detrás de la otra. Sin mayor excitación ni por el viernes ni por el lunes.

Sabía que a mi vida le estaba faltando CHISPA Y SIGNIFICADO pero aun con toda la información que adquiría, libros, cursos, seminarios y gurus, no estaba encontrando mucha guía concreta de cómo dársela.

Ya sabía lo que no estaba bien, y ahora ¿Qué hacer para remediarlo? 

Hice lo que hacemos muchos, luchar más, hacer más, ocupar más mi día, comprar nuevas cosas, nuevas salidas, nuevas vacaciones… cosas y luchas cotidianas que temporalmente ocuparan y llenaran mi mente, como si llenar la mente y la agenda fuera lo mismo que llenar ese vacío. Que seguía mirándome.

Como si correr fuera lo mismo que avanzar…

Y es que cuando uno está seguro, jugando pequeño pero seguro, casi se prefiere dejarlo todo como está y callar y seguir. Seguir adquiriendo “chispas”, como cosas o dramas, que cuando se enfrían parecen apagar mucho más que a ellas mismas.

Pero claro, ¡puf! hacer cambios y tirarse a lo desconocido buscando quién sabe qué cosa y tal vez sólo una quimera….

Si uno cree que está asustado hay que ver como se pone el ego, que es esa vocecita interna que se mueve entre protectora y tirana, entre niña aterrada y soberana poderosa…

“¿Que quééé? ¿A dónde crees que vas? ¡Vas a estropearlo todo! Además ¡No sabes ni lo que necesitas! ¡Menos sabes si eres capaz de ello! ¡No inventes! ¡No vas a poder! ¡Que te quedes quieta te he dicho!”

Y cuando no tienes claro el norte esa voz gobierna tu cabeza y tu vida. Y me lo creí. Y me quedé quieta.

Apagándome y respirando con cortito, como si me faltara aire.

Pero esa ya no era yo. Ya no podía volver a entrar en ese pantalón colgado en el fondo del armario.

En fin, como ya sabes, porque te lo he contado abiertamente cuando te digo quién soy y cuando te conté de mi dura lección de vida, mi cuerpo y mi vida volaron en mil pedazos.

Todo se volvió ceniza.

Y como el Fenix me levanté, porque en mi mano llevaba una tímida pero contundente brújula, había encontrado MI PRIMER NORTE.

Mi primer norte era justamente encontrar mi norte.

¿Tenía algo claro? No mucho.

Pero tenía lo más importante: la decisión absoluta de que no me iba a quedar quieta más, que sabía que había algo más y que iba a encontrar mi llamado y mi propósito.

Y me sentí poderosa.

(Y mira que no es fácil sentirse calva y poderosa, pero no rompamos en momento).

Una chispa se prendió. Dentro del vacío. Que ahora me miraba sonriendo complacido. porque ahora sí, se empezaba a llenar desde adentro.

Con esa pequeña luz proveniente de mi contundente decisión de tomar la responsabilidad de encontrar mi norte y mi propósito empecé a recorrer el camino. Ya no estaba estancada, ya había un primer camino.

Fue como quitarle despacio los pétalos quemados a una flor para encontrar adentro un capullo aun vivo, reluciente y tierno, sobretodo listo para florecer.

No llegué donde estoy en un momento, pero resultó que el proceso fue tan encantador como poder hoy sentirme alineada y plena en mi llamado.

Recuerda…

 “Sí conscientemente planeas ser menos de lo que eres capaz, entonces te advierto que serás infeliz por el resto de tu vida” — Abraham Maslow

Es tarde y esto se pone muy largo, en el próximo escrito prometo contarte como fue el proceso y el camino.

Un abrazo, p.-

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10 comentarios a “Cuando perdí mi norte”

  1. Maria eugenia

    Hola, me paso lo mismo y descubrí q me faltaba Dios ….ahora me siento plena, gozosa, feliz, aún sin nada lo estaría, todo lo puedo en Cristo. Besos!!!!

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  2. Julie

    Hola Paola
    Me siento totalmente identificada con tenerlo todo y sentir que te falta algo. Nada material lo llena. Busco y busco y no encuentro mi norte. A lo mejor es más fácil quedarme en mi zona de confort?
    Espero con ansias tu próximo artículo para ver si me ilumino.
    Muchas gracias y que bueno que tú ya lo encontraste.

    Responder

    1. Paola Schmitt Post author

      Hola Julie
      La zona de confort es la ropa en el armario que no tiras por no cambiar, pero sabes que no te queda. Uno se acostumbra al juego de “no te miro y por ende no te veo” pero sabes que sí lo ves.
      Estoy segura que los próximos escrito te servirán y cualquier cosa si quieres ir más profundo en un trabajo personalizado, ya sabes como encontrarme y hablemos, un abrazo, p.-

      Responder

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